Lydia Fossa
AHILA
Porto
21-25 setiembre 1999
Intérpretes e informantes:
Intermediación necesaria entre autores tempranos (S XVI) y realidad
andina
Muchos de los autores tempranos (1550-1571),
con escasos conocimientos de las lenguas y la cultura nativas, requirieron de
intérpretes para poder registrar en castellano lo que los informantes les
decían en lenguas andinas. Pero, ¿quiénes eran esos primeros intérpretes? ¿qué
lenguas conocían? ¿dónde y cómo las aprendieron? En cuanto a los
informantes, ¿en qué lengua se comunicaban con ellos? ¿Era su primera o
segunda lengua? Finalmente, interesa averiguar qué tan exitosa pudo ser
esta transmisión de información entre el informante nativo y el pesquisidor
español a partir del bagage lingüístico con que contaban.
Estas inquietudes han surgido de un proyecto
más amplio al que estoy dedicada, el de estudiar el proceso de traducción en el
contexto colonial andino. En el trabajo que voy a exponer hoy respondo a
estas preguntas basándome en los documentos coloniales escritos por Pedro de
Cieza, Juan de Betanzos y Polo Ondegardo durante los primeros cincuenta años de
la presencia española en los Andes.
Las descripciones del panorama lingüístico
del Tawantinsuyu hechas por estos autores, ya presagian la complejidad de la
tarea que tenemos por delante: “… se savia y usava una lengua en mas de mill y dozientas leguas y
aunque esta lengua se usava todos hablavan las suyas que son tantas que si lo
escriviese no lo creyrian…” (II, 72). Esta es la opinión de Pedro
de Cieza, quien estuvo recorriendo la región andina durante un año y medio,
entre 1548 y 1550. Polo de Ondegardo, quien escribe en 1571, casi al final de
sus treinta años de estadía en el sur andino y de su vida, dice al respecto:
“… y aunque a lo menos los
principales estan obligados a saber la lengua general pero cada provincia tiene
la suya.” (118). En Betanzos encontramos aseveraciones que
confirman las descripciones anteriores, siendo su opinión la de un español
“antiguo en la tierra”: “… porque las provincias eran de diferentes
lenguas que los tales capitanes mandasen que los señores y naturales de las
provincias que asi se juntasen deprendiesen la lengua general del Cuzco para que se pudiesen entender:”
(113). Cieza nos aclara cuál es la “lengua general del Cuzco”: “Y
algunos orejones del Cuzco afirman que la lengua general que se uso por todas
las provinçias que fue la que usavan y hablavan estos quichoas…” (II,
104). Notemos que en esta última observación, Cieza se refiere no a la
etnia “quichoa” sino a los habitantes de la zona qichwa, la comprendida entre
los 1,500 y 3,500 metros, aproximadamente.
Ese territorio en que ”a cada paso”, “en cada
legua” y “en cada provincia” se encuentra una lengua diferente, es lo que
ha desafiado a lingüístas, antropólogos, arqueólogos e historiadores a
encontrar vestigios que confirmen o nieguen esa descripción. Una de las
opiniones más recientes, es la del lingüista y antropólogo Bruce Mannheim ,
quien avanza por el camino abierto por los frailes lingüistas primero y por
Cerrón, Torero, Parker, Duviols, Itier y otros después. Dice Mannheim que
las lenguas en los Andes están estrechamente vinculadas con las regiones
geográficas en que se presentan y con las personas que viven allí y las
hablan. Es tal este vínculo que la región, la lengua y los hablantes de
esa lengua se conocen por el mismo nombre. A la zona baja, del nivel del mar se le llama yunga
(yunka) y allí se habla la lengua yunka y viven los yunkas. En la región
media, la región quechua (qichwa), se habla la lengua qichua y se identifica
con ese mismo nombre a sus habitantes, los qichuas. Los habitantes de la
región más alta, de la puna, son los aymaraes, es decir, los que hablan aymara
y habitan la zona correspondiente.
Sobre esta división socio-ecológico-lingüística se establecen las diferentes
etnias que ocupan territorio no contiguo en las tres zonas y que hablan
variedades de las lenguas yunga, qichwa y aymara respectivamente. Es
decir, los grupos étnicos son plurilingües, ya que ocupan territorio no
contiguo en las tres áreas. Indica Mannheim que las etnias y las lenguas
no se corresponden necesariamente, pero los territorios discontinuos y las
lenguas, sí (1991:52). Además de pertenecer a una etnia
determinada, por ejemplo chanka, los nativos se identifican como yunkas,
qichwas o aymaras. A lo largo de estos territorios también se formaron,
antes de la expansión Inka, civilizaciones desarrolladas como la muchik con su
propia lengua. Estas lenguas particulares funcionan como sustrato de las
lenguas territoriales, más difundidas.
A este
mosaico lingüístico hay que añadirle la presencia de los mitmaq. Estas son poblaciones
traspuestas a territorios similares a los de su lugar de origen. Es
decir, un mitmaq yunka se ha trasladado a lo largo de la zona yunka y conserva
sus lenguas o sus variedades lingüísticas, la étnica y la territorial. Mantiene
también sus cantos, sus bailes, su vestimenta, adorno y todo elemento que sirva
para identificarlo con su lugar de origen. Hay, por supuesto, mitmaq de
la zona qichwa y mitmaq de la zona de puna. Dentro del habitat del mitmaq
se habla su lengua étnica, pero fuera de él, se habla la lengua territorial y
la que le sirve de contacto con la organización estatal.
Los nativos llaman hawasimi a las lenguas
particulares. Como afirma Mannheim (1991:46), hawasimi viene a ser la
lengua que se habla fuera de las territoriales. El término
hawa en qichwa tiene connotaciones espaciales referidas a estar por
encima o sobre algo. Si consideramos que hawa es una palabra en
aymara, entonces hawasimi sería una lengua imperfecta o sin lustre; es decir,
las lenguas particulares no serían tan perfectas como las más generales. Las
lenguas qichwa y aymara comparten un amplio vocabulario por razones de
convivencia y de préstamos de la segunda a la primera.
Las
necesidades de comunicación de la administración Inka con las élites locales,
generaron una lengua de comunicación que fue la propia lengua territorial
qichwa. Esta lengua territorial, que se convirtió en administrativa,
tiene una cobertura más amplia, ya que se le habla dondequierea que haya
funcionarios Inka.
Pero ésta no fue una lengua hegemónica que silenció las lenguas locales.
Al contrario, la lengua del estado Inka no pretendió reemplazar a ninguna otra;
su aprendizaje y su uso se limitaban al sostenimiento de la organización a
nivel sub-continental, pero era innecesaria para tratar asuntos a nivel local.
La denominación de “lengua general” (Cerrón,
1987:32) que recibe la lengua de la administración Inka, se debe a los primeros
españoles que intentan aclararse el panorama lingüístico andino del Siglo
XVI. Luego extienden esta denominación a otras lenguas, como a la aymara
y a la yunka, simplemente porque encuentran que tienen usos difundidos en
amplios territorios. Con la experiencia en otras zonas multilingües de
Amèrica, comprenden que es más práctico utilizar estas lenguas territoriales
para comunicarse con amplios sectores de nativos. Esto les evita el tener
que aprender múltiples lenguas para poder evangelizar. El recurso a las
lenguas generales, especialmente a la quechua, inclusive “…explica el que en
época colonial se haya extendido a regiones a las que no había llegado en época
precolombina.” (Rivarola, 1990:133).
En
este contexto plurilingüe y ante la urgencia de comunicarse con los nativos,
los conquistadores de los primeros tiempos recurren a prácticas ya
probadas de obtención de intérpretes. Los primeros lenguas fueron nativos
jóvenes capturados por los españoles y llevados a España para que
aprendieran castellano. En el caso andino, las capturas se inician tan pronto
como avistan nativos en la balsa de Tumbes. Aquí la versión de
Estete: “… los españoles se encontraron … con un barquillo en que iban unos
veinte indios, mujeres y hombres, y capturándolo, tomaron a tres indios –quienes habían de ser
llamados Martinillo,
Felipillo y Francisquillo-, y los llevaron consigo, para que sirviesen después
de intérpretes...” (Someda, 1999:46). Lo que Estete ha fundido en una
sola historia, lo cuenta Cieza , unos veinte años después, en dos episodios que
sucedieron en la misma región:
“… y andando mas adelante… reconoçieron en
alta mar venia una vela latina de tan gran bulto que creyeron ser caravela…se
conoçio ser valça y arribando sobre ella la tomaron; y venian dentro çinco
indios e dos muchachos con tres mugeres, los quales quedaron presos en la
nave. Y preguntavanles por señas [de] donde heran … y con las mismas
señas respondian ser naturales de Tunbez… Bartolome Ruyz el piloto les
hizo buen tratamiento holgandose por llevar tal jente de buena razon y que
andavan vestigos para que Piçarro tomase lengua…” (III, 33).
Sigue diciendo Cieza con respecto a otro viaje y a otro desembarco:
“Como se quisiese recoger al navio rogo
a los prençipales que alli estavan que le diese cada uno dellos un muchacho
para que aprendiesen la lengua y supiesen hablar para quando bolviesen. Dieronle
un muchacho a quien llamaron Felipillo y a otro que pusieron don Martin. Un español marinero llamado
Gines pidio liçcencia al capitan para se quedar entre los yndios, y lo mismo
hizo Alonso de Molina el qual dixo que se queria quedar en Tunbez… El
capitan les hablo… quel queria dexarles un cristiano para que le mostrasen su
lengua y lo tuviesen entre ellos… Y asi, Alonso de Molina con su hato se quedo
en Tunbez.” (III, 70)
En estas circunstancias,
se obtienen candidatos para intérpretes tanto entre los nativos como entre los
españoles. Algunos marineros preferían quedarse en tierras nuevas
que seguir con su tripulación. Esto ocurrió en varias oportunidades en la
zona caribeña y en Yucatán (Rosenblatt, 1977:93 y ss). Parece que había
conveniencias para ambas partes, ya que se practicaba un trueque de futuros
lenguas con los nativos y, además, el deseo de obtener oro que los hacía
quedarse y aprovechar la oportunidad de averiguar la fuente de donde salía
tanto metal dorado. Los
españoles que quedaban entre los nativos a veces se casaban con un miembro del
grupo, integrándose a la comunidad. Otras veces morían o desaparecían.
Cieza nos informa que en Santa Elena Pizarro
volvió a pedir “un muchacho para que aprendiese la lengua; dieronselo, el qual
murio despues en España.” (III, 72). En Puerto Viejo, “… le dieron otro
muchacho a quien pusieron por nombre don Juan .” (III, 72). Poco después,
ya en Panamá, “… se apresto Piçarro para España llevando de las ovejas que
avian traydo para credito de su razon y algunos yndios de los que le dieron
para lenguas.” (III, 76). Sigue el cronista refiriendo el viaje de
Pizarro, su llegada a Sevilla y su estadía en la corte. Cuenta algo más
sobre las “ovejas”, pero a las “lenguas” ya no las menciona, hasta que regresa
a las Indias y vuelve a desembarcar en Coaque y hay un diálogo con el “señor
natural” (III, 89) en el que interviene uno de ellos.
La más sonada intermediación lingüística en
los Andes tiene lugar en Cajamarca, en 1532, en el enfrentamiento entre el
dominico Valverde y Atahualpa. Sobre este “diálogo”, Juan de
Betanzos nos ofrece su opinión personal sobre la calidad de la
traducción: “… vino a el Fray Vicente de Valverde y trajo consigo un
interprete y lo que le dijo Fray Vicente al Ynga bien tengo yo que el
interprete no se lo supo declarar al Ynga…” (277). Betanzos no identifica
al lengua, pero la historia atribuye este trabajo a Felipillo.
¿Qué lenguas hablaban los primeros lenguas?
Para poder identificar su origen (si era natural o no de la zona en que se
encontraba cuando lo capturaron), su pertenencia a un grupo étnico ubicado en
un territorio específico y su cargo, nos vamos a basar en la información que
nos proporciona Juan de Betanzos sobre un diálogo entre Cinquichara, (de la
comitiva de Atahualpa) y el Inka acerca de Felipillo, el lengua de Pizarro. Es posible que este
diálogo haya sido creado en un rapto literario del autor, pero creemos que no
hay motivo para pensar que la información que contiene no sea verdadera. Cinquichara
le dice al Inka:
“… y trae [el Marqués] un indio consigo que
sabe hablar su lengua [el castellano] para que te digan lo que te quisieren
decir.
El Ynga le dijo que de qué tierra era aquella lengua que traian.
El indio le dijo de los mitimaes que estan en Maycavilca.
Luego mío [le] dijo el Ynga.
El indio [Cinquichara] respondio: Sí, solo señor;
y el Ynga le dijo: Mucho me huelgo deso! Y esa lengua cómo la hubieron y
cómo le mostraron hablar tan presto.
El indio [Cinquichara] le dijo que lo habían llevado niño cuando la vez primera
vinieron a Paita y que lo habian llevado a su tierra y que alla habia aprendido
la lengua dellos y que le traian por lengua y que otro traian ansi mismo como
aquel que era de los tallanes que ansi mismo le habian habido la vez primera.” (268-9)
Cinquichara le informa al Inka, primero, que el lengua habla el castellano que
aprendió en España y que ellos le van a indicar lo que le quieren decir al
Inka. Luego, el Inka quiere saber de dónde es. ¿Por qué?
Porque el lugar al que pertenece es indicativo de su lengua materna y de la
lengua territorial que habla. El hecho que sea mitmaq nos dice que no es
natural de la zona, sino que ha sido traspuesto de una región yunka a
otra. Aunque no sepamos dónde queda Maycavilca, podemos afirmar que es
una región de tierras bajas, ya que la zona costera es yunka. El lengua,
entonces, habla una lengua yunka por su origen territorial y, probablemente,
también hable qichwa por ser mitmaq. Sabemos que esta persona tenía el oficio
de mercader o marinero, si es que se trata de uno de los tripulantes de la
balsa de Tumbez. Entonces, no se trata de un principal, sino de una
persona del común, que no necesita saber hablar la lengua general. Como el Inka
dice “entonces es mío” y por el hecho que le va a hablar en qichwa al Inka,
tenemos la certeza de que también habla esa lengua. A estas lenguas, qichwa y castellano, que probablemente
habla Felipillo, se les puede añadir una o más de las locales, tallan o muchik,
que ubica Torero en la zona de Paita. Desde la perspectiva
de los emplazamientos no contiguos de una misma etnia, es posible que haga
tratos con gente de las zonas qichwa y puna, que hablan lenguas diferentes.
El otro lengua, identificado como tallán, debe haber
aprendido el castellano pero, además de su lengua nativa, es probable que sepa
poco o nada de qichwa. El aprendizaje del castellano debe haber
tenido lugar entre fines de 1526 cuando los captura Ruiz y fines de 1532,
cuando se encuentran Pizarro y Atahualpa. En seis años de inmersión, ya
sea recibiendo una enseñanza formal o informal, se puede aprender una lengua.
Decimos,
entonces, que los lenguas tempranos son, por lo menos, bilingües en su lengua
materna y en castellano y, además, conocen una lengua territorial y quizás, la
lengua administrativa.
El factor de haber salido a tierna edad de la región andina implica, asimismo,
un hecho negativo en cuanto al dominio de las lenguas nativas, por cuanto las
hablaron durante poco tiempo y el proceso de “inmersión” en el castellano puede
haber afectado negativamente ese conocimiento.
Bajo estas condiciones de multiplicidad
lingüística, los informantes, si eran funcionarios locales o provinciales eran,
por lo menos, bilingües: hablaba su lengua local y la de la
administración Inka. En
muchos casos debió hablar por lo menos dos lenguas dentro de su localidad, la
local y la territorial. Quizás supiera algo de las otras
territoriales por razones de convivencia y de intercambio entre las zonas
discontinuas de producción que administraba una misma etnia. Cieza , por
ejemplo, interroga a uno de estos funcionarios locales en Chucuito (II,
7): “Chiriguama, governador de aquellos pueblos [Chucuyto] que son del
Enperador, me conto lo que tengo escrito.” En este caso, se puede suponer que
la lengua aymara es la local y la qichwa la administrativa. También le hace
preguntas a unos “prinçipales” del Cuzco: “Yo lo pregunte en el Cuzco a
Cayo Topa Yupanqui y a los otros mas prençipales que en el Cuzco me dieron la
relaçion de los Yngas que yo voy escriviendo…” (II, 112). Los “orejones”
le dan información sobre los Inkas y su descendencia: “Muy grandes cosas
quentan los orejones deste Ynga Yupangue e de Topa Ynga su hijo e Guaynacapa su
nieto…” (II, 140). En el segundo caso, no hay suficiente información como para
indicar si se trata de élites locales trasladadas al Cuzco o no. En este
caso específico podemos decir que, por lo menos, la comprensión y la expresión
se hacen a través del qichwa. Cieza tiene la precaución de interrogar la
mayoría de las veces a los funcionarios Inka. Es posible que esto se
deba, en parte, a que tiene mucho más acceso a conseguir intérpretes en la
lengua administrativa que en las lenguas locales. Lamentablemente, Cieza
no siempre identifica a sus intérpretes.
La variedad de sus fuentes se enriquece al
darnos, además, su afiliación étnica: “Quentan los yndios chancas que…” (II,
144) y “Esto quentan los mismos yndios de Chincha y los orejones del Cuzco; a
otros yndios de otras provinçias e oydo que lo quentan de otra manera…” Esto
indicaría que los chancas, que hablan una variedad del qichwa y los chinchas
que hablan una lengua yunka, se comunican con el intérprete de Cieza a través
de la lengua general de los Inkas. Añade Cieza: “… y sin los orejones del
Cuzco quenta esto el señor de Chincha y algunos prençipales del Collao y los de
Xauxa.” (II, 189). El cronista no reporta diferencias lingüísticas entre
estos informantes, quizás porque ellos recurren a la lengua administrativa,
especialmente siendo ellos “principales”, y el intérprete ve simplificada su
labor al traducir del qichwa administrativo al castellano.
Por su parte, Ondegardo no indica en qué
lengua hablan los principales con los que trata, que se encuentran entre el
Cuzco y Potosí (137). Sus funciones también lo llevan tanto a las
provincias de Chinchaysuyo como a las de Collasuyo sin que obtengamos
información sobre las lenguas habladas por sus informantes. Aùn así,
algunas veces Ondegardo incluye palabras tanto en qichwa como en aymara, como
dando cuenta de su identificación de las diferencias lingüísticas que encuentra
en las zonas altas de los Andes. Es muy posible que, en su caso, los
diálogos que haya tenido con los principales hayan sido generalmente en la
lengua general. Decimos esto por la jerarquía de las personas que
interroga y por la prestancia de sus propios cargos.
Juan de Betanzos no deja pasar oportunidad de
repetir que él es uno de los mejores intérpretes, y que los que aparecieron
antes que él nunca supieron “inquirir o preguntar” (Introducción). Su
conocimiento se reduce a lo que los dominicos, y por extensión otros españoles,
entienden por quechua general, que ahora identificamos como la variante del
Quechua Chínchay o central que los religiosos, principalmente, diseminaron por
la Nueva Castilla. Armado con estos conocimientos que no nos parece que
sean tantos como él proclama, se acerca a algunos de sus informantes. En
sus propias palabras: “… trabaje muy mucho con todos los señores del
Cuzco muy vejisimos [sic] y señores muy antiguos y los mas dellos anduvieron
con Atagualpa y con Guayna Capac su padre el tiempo que anduvo en el Quito…” (229).
Por estas indicaciones, estos señores que viven en ese momento en Cuzco han
sido parte de la comitiva quiteña del Inka. Es posible que sean cañari y
que se comuniquen con Betanzos a través de la lengua administrativa Inka y que
ésta sea su segunda lengua.
El escasísimo conocimiento de la o las
lenguas ajenas y el abismo cultural creó un ambiente en que era más fácil
sacar las propias deducciones que conseguir transmitir preguntas y recibir
respuestas de los informantes. Tenemos serias dudas de que en este periodo temprano se pudiera
establecer una comunicación en la que se pudieran intercambiar ideas.
Lo dice Blas Valera en las glosas de Garcilaso: “La manera que nuestros
españoles tenían para escribir sus historias era que preguntaban a los indios,
en lengua castellana, las cosas que de ellos querían saber. Los farautes,
por no tener entera noticia de las cosas antiguas y por no saberlas de memoria,
las decían faltas y menoscabadas o mezcladas con fábulas poéticas o historias
fabulosas.
Y lo peor que en ello había era la poca
noticia y mucha falta que cada uno de ellos tenía del lenguaje del otro para
entenderse al preguntar y responder. Y esto era por la mucha dificultad que la lengua indiana
tiene y por la poca enseñanza que entonces tenían los indios de la lengua
castellana, lo cual era causa que el indio entendiese mal lo que el español le preguntaba y el español entendiese
peor lo que el indio le respondía.” (1995:82)
Notas