Los presagios[1]
Los vientos eran
contrarios, la
luna estaba crecida,
los peces daban
gemidos[2] por
el mal tiempo que hacía,
cuando el buen rey
don Rodrigo junto a la Cava dormía,
dentro de una rica
tienda de
oro bien guarnecida[3].
Trecientas cuerdas
de plata que
la tienda sostenían;
dentro había cien
doncellas vestidas
a maravilla:
las cincuenta
están cantando con
muy dulce melodía.
Allí habló una
doncella que
Fortuna se decía:
- Si duermes, rey
don Rodrigo, despierta
por cortesía,
y verás tus malos
hados[4], tu
peor postrimería[5],
y verás tus gentes
muertas, y
tu batalla rompida,
y tus villas y
ciudades destruidas
en un día;
tus castillos
fortalezas otro
señor los regía[6].
Si me pides quien
lo ha hecho, yo
muy bien te lo diría:
ese conde don
Julián por
amores de su hija,
porque se la
deshonraste y
más de ella no tenía;
juramento viene
echando que
te ha de costar la vida.
Despertó muy
congojado[7] con
aquella voz que oía,
con cara triste y
penosa de
esta suerte respondía:
- Mercedes a ti,
Fortuna, de
esta tu mensajería.
Estando en esto
ha llegado uno
que nueva[8]
traía
cómo el conde don
Julián las tierras le destruía.
Apriesa[9] pide el caballo, y al
encuentro le salía;
los contrarios
eran tantos que
esfuerzo no le valía
que capitanes y
gentes huye
el que más podía.