Coleman, Alexander. Cinco maestros: cuentos
modernos de Hispanoamérica. Nueva York: New York U, 1969. 81-87.
Hubo un tiempo en que yo pensaba
mucho en los axolotl[1].
Iba a verlos al acuario[2]
del Jardin des Plantes[3]
y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros
movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar[4]
me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de
pavorreal[5]
después de la lenta invernada[6].
Bajé por el bulevar de Port-Royal[7],
tomé St. Marcel y L'Hopital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los
leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el
húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas[8]
y fui a ver los tulipanes[9].
Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios,
soslayé[10]
peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora
mirándolos y salí, incapaz de otra cosa.
En la biblioteca
Sainte-Genevieve[11] consulté un
diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias[12],
de una especie de batracios[13]
del género amblistoma[14].
Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros
rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado
ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía,
y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias.
Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su
aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao[15].
No quise consultar obras
especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir
todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios
sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que
bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto,
porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados[16],
que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me
había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas[17]
corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino[18]
y angosto[19] (sólo yo
puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo[20]
del acuario. Había nueve ejemplares, y la mayoría apoyaba la cabeza contra el
cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado[21],
casi avergonzado[22], sentí como
una impudicia[23] asomarme[24]
a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario.
Aislé mentalmente una, situada a la derecha y algo separada de las otras, pare
estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las
estatuillas chinas de cristal lechoso[25]),
semejante a un pequeño lagarto[26]
de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza
extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo[27]
le corría una aleta[28]
transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las
patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas
minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro[29]
inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos; dos orificios[30]
como cabezas de alfiler[31],
enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando,
dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y
perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo[32]
negro rodeaba el ojo y lo inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la
cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban
una total semejanza con una estatuilla corroída[33]
por el tiempo. La boca estaba disimulada por el piano triangular de la cara,
sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendidura
rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran
debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia[34]
vegetal, las branquias, supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince
segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces
una pata[35] se movía
apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que
no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un
poco nos demos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades,
peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud lo que me hizo
inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me
pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una
inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias,
el tanteo de las finas patas en las piedras. la repentina natación[36]
(algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran
capaces de evadirse de ese sopor mineral en que pasaban horas enteras. Sus
ojos, sobre todo, me obsesionaban. Al lado de ellos, en los restantes acuarios,
diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes
a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida
diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el
guardián tosía, inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa
entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era
inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras; jamás se
advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce,
terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba
vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo
supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a
ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono[37]
revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a
nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me
probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles.
Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se
nos parece Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular
rosada con los ojillos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer
en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía
anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su
cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión
desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin
embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: "Sálvanos,
sálvanos". Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo
pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome, inmóviles; de pronto las ramillas
rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un
dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo
impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había
encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de
algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos; había
una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva
quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas,
inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su
hora?
Les temía. Creo que de no haber
sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese
atrevido a quedarme solo con ellos. "Usted se los come con los ojos",
me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se
daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en
un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era
como si me influyeron a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los
imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de
pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día
continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen
párpados.
Ahora sé que no hubo nada de
extraño, que eso tenia que ocurrir. Cada mañana, al inclinarme sobre el
acuario, el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo
alcanzaba ese sufrimiento amordazado[38],
esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío[39]
aniquilado[40], un tiempo
de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una
expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus
rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena
eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que
mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia
inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que
ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez
más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de
muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin
sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axalotl vi mi cara contra el
vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi
cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña:
seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento
como el horror del enterrado[41]
vivo que despierta a su destino. Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio,
veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl.
Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era
posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera
del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi
mundo. El horror venía—lo supe en el mismo momento—de creerme prisionero en un
cuerpo de axolotl, transmigrado[42]
a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a
moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una
pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl
junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible
pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos
como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de
nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
El volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer
lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba
tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es
pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos
comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo
obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo, porque lo que era
su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al
principio yo era capaz de volver en cierto modo a él—ah, sólo en cierto modo—y
mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un
axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un
hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a
comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta
soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela[43]
pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a
escribir todo esto sobre los axolotl.
Julio Cortázar (1914-1984)
[1] Axolotl: un anfibio mexicano muy
especial. Ver: http://www.caudata.org/axolotl/
[2] Acuario: Depósito de agua en que se
conservan vivos animales y vegetales acuáticos.
[3] Jardín des Plantes: Ver: http://www.mnhn.fr/expo/lieuxMNHN/TextesFrancais/PagesLieux/jplant.html
[4] Azar: Supuesta causa de los sucesos no
debidos a una necesidad natural ni a una intervención intencionada, humana o
divina.
[5] Pavo Real: PAVO REAL («Pavus cristatus»). *Ave gallinácea,
oriunda de Asia, aproximadamente del tamaño del pavo ordinario y parecida a él
en la forma, pero de colores brillantísimos, especialmente el macho; tiene un
penacho de plumas modificadas en la cabeza y una cola larga que le arrastra,
con dibujos de colores brillantes y que puede extender en abanico.
[6] Invernada: Transcurso del invierno: ‘En
la invernada’.
[7] Bulevar de Port-Royal: Ver http://membres.tripod.fr/gotier8/abbaye58.jpg
[8] Reja: Barra de metal o madera.
[9] Tulipán: Planta liliácea bulbosa de
jardín, de flores llamadas del mismo modo, de forma peculiar, aproximadamente
acampanada, pero más cerradas por el extremo que por la base de los pétalos, de
hermosos colores.
[10] Soslayar: Pasar oblicuamente. Pasar sin detenerse, para evitar una
posible dificultad.
[11] Biblioteca Sainte-Geneviève: Ver: http://128.95.104.14/buildings/image/PAR79.JPG
o http://panoramix.univ-paris1.fr/bsg/bsg/hlabrouste_sites.htm
[12] Branquia: Aparato respiratorio de los
animales acuáticos consistente en una serie de laminillas o filamentos.
[13] Batracio: Se aplica a los animales de la
clase de los anfibios, especialmente a los anuros y, en particular, a la rana y
el sapo.
[14] Amblistoma: Género de anfibio que tiene
agallas (Los órganos respiratorios situados a uno y otro lado de la cabeza.).
[15] Bacalao: Pez teleósteo de cuerpo
cilíndrico, comestible y que se prepara como conserva, salado y prensado.
[16] Vincular: Unir con vínculos una cosa a
otra. ¤ Hacer depender una cosa de otra determinada, de modo que ha de correr
la misma suerte que ella.
[17] Burbuja: Película de una materia, de
forma esférica, llena de aire u otro gas; por ejemplo, las que se hacen con
agua jabonosa, las que se forman en la superficie de un líquido que hierve o
fermenta o las que constituyen la espuma de cualquier cosa.
[18] Mezquino: (aplicado a cosas). «Escaso».
Se dice de aquello a lo que le falta mucho para ser suficiente o lo que
corresponde: ‘Un sueldo mezquino. Una cantidad mezquina de comida’.
[19] Angosto: Estrecho.
[20] Musgo: Nombre aplicado a muchas especies
de plantas criptógamas briofitas herbáceas, que crecen formando masas apiñadas
aterciopeladas en lugares sombríos y húmedos, sobre las piedras, los troncos de
los árboles, etc.: ‘Los niños compran musgo para el belén’.
[21] Turbado: Perturbado. Trastornado.
[22] Avergonzado: Sentir vergüenza de cierta
cosa.
[23] Impudicia: Deshonestidad.
[24] Asomarse: Sacar la cabeza por una
ventana o un hueco semejante.
[25] Lechoso: Se aplica a lo que tiene leche
o látex. ¤ A lo que tiene aspecto de leche; particularmente, a los líquidos que
están turbios y blanquecinos como si tuviesen leche.
[26] Largarto: Nombre aplicado a varias
especies de reptiles saurios de color verde con dibujos amarillos y azules por
la parte superior.
[27] Lomo: Parte superior del cuerpo de los
animales comprendida entre el cuello y las ancas.
[28] Aleta: Cada una de ciertas membranas que
tienen los peces en distintas partes del cuerpo, que mueven para nadar.
[29] Rostro: Cara.
[30] Orificio: Cualquiera de las
comunicaciones de las cavidades del cuerpo con el exterior: ‘Los orificios de
la nariz’.
[31] Alfiler: Objeto de metal, delgado como
una aguja, con punta en un extremo y cabeza en el otro, que se clava, por
ejemplo para sujetar una tela con otra.
[32] Halo: Resplandor semejante que se
representa alrededor de la cabeza de las imágenes de los santos.
[33] Corroer: Destruir gradualmente cualquier
agente, como un ácido, el oxígeno del aire, el paso del agua o un microbio o enfermedad.
[34] Excrescencia: Parte que crece anormal,
excepcional o superfluamente en algún organismo animal o vegetal.
[35] Pata: Pierna de los animales.
[36] Natación: Acción de nadar.
[37] Mono: Nombre aplicado a cualquier mamífero
cuadrumano del orden de los simios..
[38] Amordazar: Hacer callar. Obligar a alguien
a no hablar de cierta cosa.
[39] Señorío: Porte, comportamiento, etc., de
señor.
[40] Aniquilar: Reducir algo a la no
existencia.
[41] Enterrar: Poner algo debajo de tierra o
cubrir algo con tierra.
[42] Trasmigrar: Pasar un alma de un cuerpo a
otro, de acuerdo con la teoría de la metempsicosis..
[43] Consolar: Ayudar a alguien cierta
consideración o circunstancia a soportar o sentir menos una pena o disgusto: